Reconocida en el mundo por sus libros y por sus premios, María Teresa Andruetto insiste en que el rótulo “para chicos” no es necesario. Escribe para conocerse a sí misma y a los otros, y lee para escribir mejor. Charla con una maestra de la literatura.
Por Dai García Cueto Fotos Sebastián Salguero
María Teresa Andruetto recuerda que era muy pequeña cuando quedó impactada al reconocer la unión entre las letras. Había descubierto la lectura, y ya no habría vuelta atrás. Empezó a sentirse atraída por la sonoridad de las palabras y a interesarse por el pensamiento, y siguiendo ese camino se convirtió en escritora.
Hoy su nombre está asociado a la literatura infanto-juvenil, sobre todo desde que ganó el Hans Christian Andersen en 2012, un premio otorgado por la Organización Internacional para el Libro Juvenil (IBBY) considerado “el Nobel” de la literatura para niños. Pero su obra incluye narrativa para adultos y poesía. “He librado mi propia batalla contra las categorías, nunca he querido encerrarme en alguna. Siempre estoy buscando algo para no estancarme, que no se congele mi persona”, cuenta mientras ceba mate en el living de su casa. Acaba de publicar un libro de cuentos para adultos, No a mucha gente le gusta esta tranquilidad, y el libro de poesías Cleofé, que es el nombre de su madre.
Nació en Arroyo Cabral, un pueblo de Córdoba de 4000 habitantes, el 26 de enero de 1954. Es la mayor de tres hermanos. Tenía afán por leer, y donde había un libro, lo devoraba. “Cada vez que pedí uno, en casa jamás me lo negaron. De adolescente, mi papá, que era gerente de la cooperativa de luz, traía la revista
Visión cuando se ponía vieja, una publicación empresarial que tenía una página con reseñas, y ahí elegía”. Él nunca llegó a leer sus escritos, en cambio su mamá, además de ser lectora, “tuvo mucho que ver en mi relación con la palabra por sus relatos y su compleja subjetividad”, cuenta.
Si bien escribía cosas sueltas, fue durante la última dictadura militar cuando en unas hojas borrador encontró una epifanía. “En esos años era joven y me encontraba en situaciones ásperas, no vinculadas a cosas que me gustaran. Un día saqué un cuaderno de contabilidad y me puse con unos poemas. Recuerdo ir encontrándome conmigo en las palabras que intentaba poner”. Hoy su obra cuenta con más de treinta títulos, algunos de ellos con repetidas reediciones que ni siquiera pensaba en publicar.
Si la escritura es una forma de conocimiento, ¿qué es la lectura?
También, son casi la misma cosa, desde lugares distintos. Cuando hablo de la escritura como forma de autoconocimiento y de conocer a los otros, también lo siento con la literatura, la ficción, la poesía y
la narrativa que uno lee. La diferencia es el tiempo, escribir puede tardar unos años, así es en general con la creación artística, una obra de teatro es una hora para el espectador y meses para los actores.
¿Escribís para conocerte o para conocer al otro?
Las dos cosas van juntas. En general, en la narrativa algo del afuera me toca, y a partir de eso, produzco. En la poesía, algo del adentro me lleva hacia los otros. Pero en ambas está el ir y venir entre uno y otro. Para mí un escritor tiene dos herramientas de trabajo: por un lado, el cuerpo, la subjetividad, su caja de resonancia, solo se puede escribir bien cuando uno está completamente ahí. Y por el otro, las palabras, que son nuestras, pero que son prestadas de la comunidad hablante. El escritor trabaja con un bien social, que no es de la academia, ni del diccionario ni de uno, es de todos, y busca hacer una lengua propia en el mar del lenguaje social.
¿Tu trabajo es un aporte a ese lenguaje social?
Creo que la literatura es un aporte a lo social muy fuerte, lo que no me gusta es la unidireccionalidad. Si se la mira en sus infinitos pliegues, la literatura de un país es el conjunto de maneras a través del cual una sociedad se construye a sí misma, se mira en su identidad, en sus críticas, en sus oscuridades, en sus valoraciones.
¿Te figurás a alguien al escribir?
No me figuro a un público, sino a un hipotético lector, que es un poco el lector interno. Lo que está muy presente son las estrategias de recepción, no miro en el sentido de un lector real que tiene edad, sino
una estrategia de recepción individual que me permite definir “Esto está demasiado dicho” o “Este final no condensa”, ese tipo de cosas. Se trata de escribir en duelo entre las estrategias de escritura y las de quien
recibe.
¿Los niños pueden enseñar a leer?
Claro que sí, en la lectura uno está aprendiendo todo el tiempo con ese otro, hay un ir y un volver, todo depende de cuán abierto esté uno a lo que otros nos ofrecen. Mi nieta tiene libros desde chiquita y hay
cambios en su leer, mira cosas que yo no miraría en la imagen. También una aprende lo que el otro es capaz de mirar y que una olvidó, al estar menos asombrada por el mundo. Una enseña y aprende, nunca se
aprende tanto como cuando se enseña.
¿Por qué no tomás la escritura como un trabajo?
En general, un escritor tiene siempre otra ocupación, no es que no se puede vivir de la escritura, más bien no hay que poner allí las expectativas, pues depende de muchas cosas: de reconocimientos, de una masividad, del género que escriba. Recién a mis sesenta y pico tengo un ingreso con el que puedo vivir de esto. Mi trabajo ha sido la docencia, lo hice con mucha pasión y jamás lo he sentido como una carga. Por otro lado, para los escritores no hay un certificado que habilite, se habilitan a sí mismos, algunos con el hecho de escribir, otros cuando publican. Yo lo aprecié cuando tuve una cierta cantidad de lectores, recién ahí pude sentirme escritora en el sentido profundo y potente de la palabra. La escritura ha sido mi fiesta secreta, he
cuidado de mi relación con ella y la erotización que me produce escribir, entonces intento separarla de las cuestiones del deber y tratarla como ese lugar mío.
¿Qué significa “escritor” en el sentido potente de la palabra?
Un escritor que en lo que escribe se busque a sí mismo, y en sí mismo a los otros. Uno que no escriba de oficio, que es tan necesario de conocer, pero a la vez peligroso.
¿El premio Andersen te subió la vara?
Me dio mucho, traducciones, otros lectores y reconocimientos, pero en cuanto a la escritura, siempre me puse la vara más alta de lo que yo era capaz, una vara relacionada con la lectura. Cuanto mejor lector, más alta es la vara para lo que se escribe. Lo que sí no hice fue responder a la demanda de producir por producir, porque podés hacer un uso de tu propio nombre, pero quería ser digna de ese premio que me habían dado. Recién
ahora estoy por publicar un libro álbum junto con la ilustradora Martina Trach, es lo primero nuevo después del Andersen, todo lo que fue saliendo eran reediciones. Frente a ese reconocimiento hice un desvío, como buscando un refugio de mí misma, y me fui a terminar Los manchados.
¿Cómo te llevás con la traducción de tus libros?
Las traducciones siempre vinieron por vía editorial, generalmente de la narrativa para jóvenes, y hubo muchas más luego del Andersen. De los lugares con los que tengo cierta cercanía cultural, me gusta,
y por otro lado, me entrego al pensar que mis libros están en turco. Lo que parece más ajeno son las traducciones al chino; la literatura es tan sutil y hay cosas tan distintas en las idiosincrasias que no sé bien
qué percibe un lector en chino mandarín. A mí como lectora no me gusta tanto leer literatura de esos lugares, es muy grande el abismo cultural, y cuando leo, tengo mi temor de hasta dónde estoy leyendo al escritor.
El corazón y la casa
Publicó por primera vez en 1993, el mismo año en el que encontró su rincón en el mundo. Junto a Alberto, su pareja, compró un terreno en Cabana, un pequeño pueblo de las Sierras Chicas de Córdoba, donde construyó su hogar y en el que conviven los libros de ella y los animales de él. Por las mañanas, mientras María Teresa prepara el desayuno, Alberto les da de comer a las gallinas, los conejos y las ovejas, a las tres perras y a un caballo. Luego, escuchan juntos las noticias por la radio y cada cual a sus tareas. La casa se va agrandando para que puedan entrar los libros que se dispersan por todas las habitaciones. Con su primer matrimonio fue mamá de Juana, de 35 años, y Josefina, de 33, quien tiene una hija, Preta, de 2: “La nieta me tiene loca”, confiesa.
¿Es difícil la maternidad?
Es el camino más incierto y también lo que da más sentido a la existencia, es una experiencia muy fuerte. Cuando alguien tiene un hijo, hay algo de la propia vida que se modifica para siempre. Me siento tan o más orgullosa de haber criado dos hijas que de otros tantos logros, porque es un lugar cuestionado y cuestionable. Seremos cuestionados como padres, porque siempre habrá algo que pudo ser de otra manera, y nosotros
cuestionamos a los nuestros. Por eso, para ser padre hay que curarse de ser hijo, y sentirse valorado por un hijo es como un premio mayúsculo.
¿Estás en un momento de balance?
Siempre he tratado de vivir con los ojos abiertos. Tengo 64 años, soy muy consciente de la etapa que transito; una ya mira más bien lo que se hizo y lo que no, lo que anduvo y lo que no, porque se vive en borrador, no se pasa en limpio. Siempre me gustó pensar cómo honro esta vida, las grandes decisiones ya fueron tomadas.
¿Cómo ves tu futuro?
Hay un camino hecho, y en el mejor de los casos seguiré ahí. Todavía se pueden hacer muchas cosas, tengo
una mirada hacia la vejez de mucha vitalidad. Me siento en un momento bueno de mi vida, y si tengo suerte,
lucidez y deseo, seguiré escribiendo, si no, leeré y tendré una conciencia social fuerte, porque eso me ha atravesado siempre.



*Publicado en revista Convivimos. Febrero 2018.
